21.10.13

Limónov, delincuente y príncipe libre*


Emmanuel Carrère es un escritor, guionista y director de cine francés al que le encargaron un reportaje sobre Eduard Savienko, un polémico personaje de la Rusia postsoviética que tuvo una vida desordenada en el exilio y publicó algunas novelas antes de regresar a su país e incursionar en la política. El reportaje, del que no hay rastros, se convirtió en Limónov, una biografía de 400 páginas vencedora del Prix des Prix (un premio que se elige entre las obras ganadoras de las ocho distinciones literarias más importantes de Francia) y que recientemente editó Anagrama para los lectores hispanohablantes.

Pero la historia de un hombre poco conocido —incluso en su país— no interesaría a nadie si no fuera porque se trata también de la historia del derrotero de Occidente a partir de la segunda mitad del siglo XX. La de Carrère es una obra escrita con una inquietud que sobrepasa la cultura todavía mayoritaria de la izquierda y bajo la medida de uno de los acontecimientos políticos más importantes de nuestra época: la Unión Soviética.

Limónov es el seudónimo por el que es conocido Savienko, y resulta de la unión de las palabras rusas para limón y granada. Es decir: amargura y violencia, dos de sus características innatas. Ladronzuelo, poeta vagabundo, exiliado, mayordomo, soldado, prisionero y fundador del Partido Nacional Bolchevique, Limónov impone el género de la novela como el más adecuado para narrar su propia vida. Es, según los elogios que le brindara el propio Joseph Brodsky, el único escritor ruso realmente contemporáneo.

El ejercicio que lleva a cabo Carrère es casi tan importante como lo que cuenta, son dos mecanismos que se fusionan a la perfección. Contrario a la archiconocida labor de Truman Capote, Carrère no se valió de los recursos de la ficción para recrear sucesos reales; más bien dinamitó el género rutinario y mediocre de la biografía, regresándolo a su estado primordial: no se trata de una biografía sino del proyecto de una, como las entradas del diario de James Boswell, autor de la famosa La vida de Samuel Johnson, obra fundamental del género.

Así, información e imaginación se van confundiendo, pero menos como estrategia discursiva que como esfuerzo sincero de Carrère, hijo digno del progresismo francés, por evadir todo juicio moral. De ahí que la presencia intermitente del autor se da como herramienta para el lector y no como lo haría, por ejemplo, el periodista que necesita asentar su presencia en la narración de una crónica.


Carrère había conocido a Limónov en los años ochenta, cuando se afincó en París a vivir del éxito de su novela El poeta ruso prefiere a los negrazos, escrita en Nueva York. Este Jack London ruso tenía la energía de un aventurero punk y de eso se alimentaban sus libros. Era un dandi en el sentido en que su gran obra es su vida. Su estadía en Francia lo volvió la adoración de los jóvenes burgueses como Carrère (“la pequeña tribu de la buena onda parisina”), aunque los valores de Limónov, que van del heroísmo a la violencia, de la aristocracia a los bajos fondos, son plenamente antiburgueses.

No hace falta reparar en los detalles del exilio de Limónov, el libro realiza un recorrido exhaustivo a modo de novela de formación. En algún momento el escritor ruso habla de su inclinación hacia la derecha política por el mero gusto de ser minoritario, por repudio del borreguismo. Aquí cabe extender esta reflexión y unirla a otra que el protagonista desarrolla: la vida es injusta y los hombres desiguales, es la realidad, cuyo contrapeso es la mentira piadosa de lo políticamente correcto.

Esta noción, que descubre Carrère al paso, se encuadra en el marco ético general de la obra. Limónov escribió varias novelas autobiográficas de símbolos fuertes, instintivas, nada moralistas y que no fueron pensadas para ser leídas en los círculos intelectuales, que son, como es sabido, de izquierda. Carrère, siguiendo esa moral de derecha, transformó su proyecto y consiguió una auténtica obra de izquierda que no le sigue el juego a la demanda intelectual del progresismo y que arruina toda categorización de buena literatura.

Una idea que trasciende la lectura es que los malos no son malos las veinticuatro horas del día. Pero, para ser estrictos, la vida de Limónov tiene poco que ver con el mal. Él está lleno de odio, que es la esencia de lo humano, lo único que aclara la mente y mueve a las personas, todo lo contrario del amor. Y ese odio se manifiesta como violencia. El mal, para terminar de aclarar términos, es lo que hace funcionar a las películas de terror, es la infancia. Limónov, que ha pasado por experiencias de carácter místico, primero en la estepa asiática y luego en una prisión rusa, no admite caracterizaciones tan simples.

Cerca del final, Carrère desnuda una vez más sus intenciones. Piensa que lo mejor para el libro sería que Limónov muera, o lo contrario: que cuente en Facebook si tiene más amigos que Kaspárov, quien fuera su aliado político. Pero un hombre de más de 60 años como Limónov, con esposa e hijos, quizás tenga ganas de retirarse al campo; esto, claro, es un deseo del propio Carrère. Lo que el escritor ruso declara, no sin misterio, es que donde mejor se siente es en Asia Central, en ciudades llenas de mendigos que “han soltado todas las amarras. Son andrajos. Son reyes”.

Leyendo Limónov el lector se da cuenta de cuán poco conocida, y peor aún entendida, es la sociedad rusa; un lugar donde no hay espacio para “mentes sutiles” —como las llama Carrère— y que tiene en Vladimir Putin a un gobernante digno hijo de su tiempo, vale decir: espejo de todo lo que Limónov representa.

(*) Publicado en Cartón Piedra, suplemento cultural del diario El Telégrafo, el 21 de octubre de 2013.

12.8.13

El sexo como igualador social*


La Sociedad Juliette (Grijalbo, 2013) es la primera novela publicada de Sasha Grey. No es su primer libro; sin embargo, ya que antes había presentado uno de fotografía, Neü Sex, en el que retrató la vida tras cámaras de la industria pornográfica. Traducida al español apenas unas semanas después del lanzamiento original en inglés, la novela se convirtió en un best seller casi inmediato.

Cabría preguntarse por la naturaleza de este éxito, si se debe a que el libro fue publicado por dos de las más  grandes compañías editoriales  (Random House y Little, Brown) o fue por la fama de su autora. En todo caso, esto le corresponde a la sociología de la literatura; aun así, la novela tiene más de un mérito y es una propuesta arriesgada por narrar una forma diferente de sexualidad.

El proyecto literario de Sasha Grey no está del todo separado de su biografía. Es decir, para leer La Sociedad Juliette no hace falta saber nada sobre la autora, pero ciertos datos de su pasado y el contexto en que se mueve ella permiten comprender mejor de qué va todo esto. Nacida en California en el año de 1988, Marina Ann Hantzis creció en una familia rota de clase media y raíces europeas. Estudió cine, actuación y danza; también fue camarera. Devenir típico de una estadounidense común, pero con educación católica. Hasta que se mudó a Los Angeles, cambió su nombre (mezcla de música industrial alemana y la estética de Oscar Wilde) e ingresó al mundo del porno.

Si ya en Neü Sex demostró, a través de la pose y la falsificación, que la pornografía no es el demonio de la mujer (visto así por el feminismo rancio), en La Sociedad Juliette lleva este proyecto de profanación a otro nivel: la convención social alrededor del sexo y la vida en pareja. Grey reivindica la propiedad del cuerpo, sin ello no hay deseo ni libertad; pero para hacerlo debe entender el poder, tiene que desplegar masculinidad para ser bella, ser mujer. Si su incursión pornográfica es una reversión de las tesis de Beatriz Preciado (Playboy ha hecho más por la mujer que cualquier feminismo), su novela lo es del libertinismo clásico del Marqués de Sade.

Existe un club secreto, se nos dice en la novela, similar al grupo Bilderberg o a los Illuminati, cuyo principal interés es hacer lo que mejor saben hacer: follar, tener sexo. Para cumplir su propósito eligen a mujeres jóvenes que deben pasar por una iniciación. Esto es lo que Catherine, la protagonista y narradora, se dispone a contarnos. El nombre, por supuesto, viene de Juliette o las prosperidades del vicio, una de las novelas del Marqués de Sade.

Catherine es una chica regular con un apetito sexual ligeramente mayor al promedio. Ella fantasea con tener sexo con Jack, su novio, en la oficina del jefe de este, un candidato a senador. Como estudiante de cine, Catherine arma su relato usando a la Sociedad Juliette a manera de Macguffin. Más que un thriller sexual, la de Grey es una novela de formación. La narradora interpela al lector desde la primera página, en la cual pide su colaboración, y busca comunicar su aprendizaje. Por eso es que no sabremos más de la Sociedad Juliette hasta cerca de la mitad del libro.

La verdadera educación de la protagonista comienza cuando conoce a Anna, su compañera de clases, quien le confiesa que es amante de Marcus, el profesor del que Catherine está obsesionada. Anna, cumpliendo el papel de hermana mayor, introduce a su amiga en el sexo desprejuiciado y le habla de las parafilias de Marcus, quien a simple vista parece un simple y serio profesor universitario.

Chuck Palahniuk tiene una novela llamada El club de la lucha en la que el protagonista sin nombre proyecta sus deseos en Tyler Durden, un desconocido que llega a su vida casualmente. Con un estilo de guion cinematográfico, rápida, delirante, sagaz, El club de la lucha comparte más de una característica con La Sociedad Juliette. Lectora confesa de Palahniuk, Grey no logra una voz narrativa diferente e, incluso, llega a confundir las tramas. En las dos novelas nada está dado al azar, todo ocurre por un motivo.

Influida por una infancia católica, Catherine desarrolla una teoría vital del sexo: la eyaculación es esencia divina. Esta filosofía de vida representa el momento de iluminación de la protagonista. Luego de 22 capítulos contados como pequeñas aventuras, con devaneos y descripciones explícitas del acto sexual, La Sociedad Juliette concluye como una extensa narración del sexo visto como expresión artística.

Pero Catherine, pese a todo, es una mujer conservadora que desea mantener una vida en pareja estable. Sin embargo, la noción general de que el sexo y la violencia son dos caras de una misma moneda puede ser leída como un alegato contra la monogamia gris, aburrida y contenida. La fantasía sexual se convierte en experiencia liberadora.

La Sociedad Juliette, finalmente, representa más que una secta de millonarios cuya diversión consiste en matar y tener sexo al mismo tiempo. Es una idea común dedicada a la búsqueda de placeres sublimes, igual que una religión cualquiera, “porque el sexo es el mejor igualador social”. Catherine aprende esto y gracias al conocimiento que ha logrado de sí misma puede llegar a cumplir su moderada fantasía.

Novela pornográfica, la de Sasha Grey no le hace el juego a la cobardía de lo erótico (50 sombras et al.). Lo dice la protagonista, esto no se trata de un cuento de hadas con final feliz. La Sociedad Juliette no aporta nada a una época de penosa imaginación narrativa, pero tampoco es prejuiciosa ni timorata. Un libro arriesgado en su idea, pero discreto en la forma y en sus fines.

(*) Publicado en Cartón Piedra, suplemento cultural del diario El Telégrafo, el 12 de agosto de 2013.

20.5.13

Final de época: Gkillcity y la muerte de la rebeldía*

1. De por qué pienso que Gkillcity es la cucaracha de la cocina en llamas

Cayó el Inmundicipio, caerá también Gkillcity. Me gusta pensar a estos dos espacios como Zonas Autónomas Temporales (siguiendo el concepto de Peter Lamborn Wilson), es decir, como territorios que mientras más alejados estuvieron de lo mediático y de lo estatal mayores fueron sus probabilidades de experimentar una verdadera libertad. El Inmundicipio desapareció y es saludable para todos; Gkillcity, por el contrario, está abandonando su cualidad de grieta y se está fundiendo en el entramado alienante del poder y de lo correcto. Ya lo advirtió Houellebecq: una buena fiesta es una fiesta breve.

Gkillcity nació como un arañazo al sistema de obediencia totalitaria que ha sido el socialcristianismo en Guayaquil. De sus textos podríamos elaborar una cartografía mental de la revuelta, como mínimo. Pero poco a poco la culpa inherente al progresismo sucumbió en una discusión permanente con ese enemigo casi imaginario que es el liberalismo en Ecuador. La podredumbre de la manzana no la produce el gusano sino el virus de la corrección política. Hay una frase que utiliza a menudo el escritor argentino Nicolás Mavrakis para referirse a quienes se permiten cargar enormes pesos sobre sus hombros morales: hormigas negras de la estupidez. Y se pregunta: ¿en qué se transforma la corrección política cuando deviene en espíritu patológico de control de la libertad ajena? En este caso respondemos que la rebeldía anti-establishment se convirtió en una posición rígida, creando lo impensable: una moralidad de la incorrección política, es decir, una patología de control casi invisible en la que se hace mofa de lo tradicional, de todo aquello que un marxista desubicado llamaría burguesía. Pensemos nada más en ese grito de batalla que es el Fuck you, curuchupa.

¿Y qué es ahora Gkillcity? Machos hegemónicos con vínculos en el poder gobernante. Representantes a la fuerza de una clase media normativizada por la “anarquía de la imaginación” (esa frase cojuda y tergiversada de una película que representa muy poca cosa). Querían ser lomenor y ahora ejercen la libertad como espectáculo, son el panóptico desde donde se articulan las imaginerías de lo rebelde cool.

Mis primeras colaboraciones para Gkillcity fueron en la sección de la Crónica del barrio. En ese momento no era consciente de mi desinterés por la crónica y  su enfermedad: el croniquerismo, que tanto afecta al periodismo local. Precisamente porque he sido parte, ésta es la sección que más he criticado. A ese primer equipo de cronistas se nos había indicado que debíamos describir nuestra zona, alejados de los lugares comunes que usan los diarios para tratar a los barrios, pero no ha funcionado, el balance entre la experiencia del cronista y los microsistemas de relaciones que llenaban el texto nunca fue equitativo. 

Podría contar con una mano los textos que merecen ser llamados crónicas y con menos dedos aquellos dignos de ser leídos. Esa confusión elemental en torno a la definición del género me pareció nefasta desde siempre, no se puede vender como crónica a un testimonio ni a una estampa costumbrista. Todavía me sorprende que el lector pueda permanecer tan indiferente al reporte meteorológico y a la introducción descriptiva. La muerte del periodismo no debería servir para engañarnos a todos.

Hace un año escribí en Twitter que Gkillcity se parecía cada vez más a un periódico cualquiera. Me mantengo en esa afirmación: se hace evidente la tibieza de ciertos textos y la irrelevancia de otros; la agenda periodística es cada vez más delgada. Lo que lo diferencia y lo salva es su posición política, que he denominado como síndrome de Lisa Simpson.

Gkillcity es la mirada bacán al ombligo propio. Es denegación e identidad confusa, como se lee en las primeras líneas de la descripción que está en su website. Esa exaltación del pueblo es innecesaria cuando se trata de un medio a todas luces elitista (una élite clasemediera con acceso a internet y a las deficiencias de la educación institucional). Toda la gogotería de lo urbano me sabe a años setenta, a realismo sucio, a pornomiseria, en fin, a un pasado sin superar. Gkillcity tiene un regusto a populismo que ni los sesudos análisis coyunturales de Arduino Tomasi o de Xavier Flores son capaces de eliminar. No tienen por qué, tampoco, siendo esa esencia errada la piedra fundacional de la página. Y ¿quién los lee? ¿Cuál es el público fiel de Gkillcity? Básicamente, el que está en Twitter, el pequeño jardín de los micro-intelectuales narcisistas. Y está bien, asúmanlo y dedíquense a su público de lleno, no militen el pobrismo ni lo popular marginal, no jueguen al Zizek criollo.

Una pregunta más: ¿quién lee artículos tan largos como aburridos? Antes dije que la audiencia es la que está en Twitter, aquella que no está dispuesta a consumir contenidos de forma tradicional, pero en Gkillcity parece que prefieren la comodidad del formato periodístico convencional. Más allá de los temas y del nivel de análisis, en Gkillcity no han sabido acoplarse al ritmo web, a las lecturas fugaces y a la evanescencia de los intereses; en ese sentido se comportan como un diario más. Un ejemplo: cuando se dio la polémica por la crónica de Arturo Cervantes sobre los “perros suicidas”, el CM de turno en Gkillcity lanzó un tuit sobre la irrelevancia de debatir un texto tan antiguo, lo que me pareció acertado, a pesar de que luego José María León asumiera la responsabilidad de dicho tuit y se disculpara por querer terminar la discusión. Allí vemos que incluso los lectores (casuales o no) tienen a Gkillcity como un diario más, y no como una revista virtual en la que los contenidos envejecen día a día, y en la que las opiniones de un testimonio poco gracioso no definen una línea editorial inexistente.

El internet trajo el fin de la verdad y el periodismo no termina de darse cuenta. Gkillcity, por lo tanto, tampoco. Las estrategias de este website son tan antiguas como el siglo XIX. Pensemos en Gkillcity como una vieja embarazada, donde el periodismo está en su punto álgido: lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. La opinión ha ocupado un lugar central en Gkillcity, igual que en cualquier periódico, como gancho principal para atraer lectores (a veces con lecturas negativas como la del texto de Arturo Cervantes); sin embargo, hasta ahora han asumido con ineficacia el interés creciente de la generación del internet por los datos duros y las estadísticas, allí está el futuro del periodismo.

El discurso (periodístico) de Gkillcity se ha dado, además, como herramienta de intervención en lares publica, a través de una aristocracia de la subjetividad que maneja su propia agenda periodística (que no es lo mismo que una línea editorial, ya hemos visto que Gkillcity no la tiene). El resultado es un lobby de intereses progresistas, con ideas que, si bien tienen la intención de beneficiar a otras personas, terminan por perjudicarlas. Y aquí podemos insertar una contradicción esencial: los abusos de poder del presidente Correa no han merecido ninguna mención especial, salvo unos tímidos intentos de cuestionarlo cuando se dio la entrevista para ECTV, en medio de un ambiente de nerviosismo total.

2. De por qué las cucarachas pueden sobrevivirnos

La semana pasada me escribió José María León, editor de este magazine, para pedirme que escriba algo “en el estilo de Por qué odio a Gkillcity”, una crítica que sería publicada en la edición número cien. Yo no odio a Gkillcity, fue mi respuesta, pero José María respondió con un “sí te le cargas un chance”. Quise partir de estas dos frases del editor para intentar esta crítica que deberá ser corroborada o refutada por los lectores de Gkillcity, nadie más adecuado.

Si algo es importante de aprender en la vida es a realizar lecturas críticas y a desembarazarse de la obligación moral de aportar al debate nacional. Más ética, menos buena onda. Para el club delbuenaondismo están los periodistas obedientes y los analistas de Facebook. Hay que deshacerse de esa filosofía barata y pedante del “no critiques y hazlo mejor”, ruin para una sociedad.

Desde el principio miré con distancia a Gkillcity, sin embargo, estuve en su fiesta de inauguración en el Inmundicipio, e invité a una clase de mi universidad a que asistan. Primero me interesó la propuesta pirotécnica e informal, muy a lo épater le bourgeois del decadentismo francés. A Ernesto Yitux y a Andrés Loor los conocía del medio anarquista local y de su blog Guayaquil Insumiso y el documental Guayaquil Informal, que de alguna forma anuncian y preparan el terreno a Gkillcity. De Xavier Flores admiraba la lucidez y la insistencia por argumentar su credo político. Del resto sigo sin saber demasiado, estoy seguro de que son un poco más que “un grupo de abogados”, como me dijo alguna vez Arturo Cervantes, y más que un Blanquito promocionando un servicio de telefonía estatal.

Aparte de las crónicas del barrio, he publicado en Gkillcity unos cuantos textos que fueron rechazados en otros medios. Uno de ellos fue un análisis de  la Feria del libro del año pasado, en el que enumeraba, sobre todo, desaciertos, y explicaba cómo la militancia excesiva limita cualquier buena intención. Otro fue una crónica de la última noche del bar Guayaquil de la Culata, conocido por sus recitales de poesía, y que estuvo clausurado temporalmente por la administración municipal antes de entrar en crisis y cerrar definitivamente. Esto es lo que rescato de Gkillcity, su apertura para acoger, aunque sea por un rato, un discurso fuera de su círculo interno pero que también forma parte de una ciudad acrítica y olvidadiza, que confunde pragmatismo con inmediatismo e ignorancia.

Lo positivo de Gkillcity es que ha logrado “customizar” sus contenidos de acuerdo a las preferencias de su grey (una muy progresista, reducida y muchas veces demasiado correcta). La “customización” de la línea editorial en el periodismo digital es clave cuando el periodismo tradicional está en una crisis de muerte por seguir usando fórmulas de hace más de cien años. Sería un error inyectarle imparcialidad a Gkillcity porque, claramente, hay una corriente ideológica desde la que se enuncia el discurso que no tiene por qué ser alterada, si es que hablamos de honestidad ética.

Retomando lo esbozado anteriormente alrededor de la figura del pueblo, me parece que cabría mejor hablar de generación. Cuando pienso en Gkillcity pienso en una generación nueva que por fin se está dedicando a discutir políticamente en todos los ámbitos que su juvenil y casi desmedida ambición les permite, que son bastantes.  Cuando pienso en Gkillcity pienso en el significado de masa crítica. Pienso, además, en ese acto casi performático que fue presentarle a la arquidiócesis unas decenas de firmas de personas queriendo apostatar, y del boom que se creó en los medios, tan sorprendidos como desubicados.
La  broma del editor de Gkillcity como poder fáctico está dejando de serlo. Hay que leer este proceso dentro del contexto de un final de época que, parafraseando al crítico literario Maximiliano Crespi, se estructura siempre como evangelio. Y es allí, en ese autoritarismo de los sentimientos, donde muere la individualidad y, finalmente, la posibilidad de la rebeldía.
(*) Publicado en Gkillcity, portal de periodismo alternativo, el 20 de mayo de 2013.

11.3.13

Ejercicios de melancolía*

UN RELATO QUE SE CUESTIONA CÓMO SABER CUANDO EL SIGUIENTE PASO ES QUITARSE LA VIDA

Publicada en 2012, esta novela del colombiano Tomás González, parte de una referencia -según el autor de este artículo- con el cuento Todos los fuegos el fuego, de Julio Cortázar.

La luz difícil es un poco más de un centenar de páginas que intentan dar un sentido a la vida cuando la muerte está encima de nosotros como espada de Damocles.  ¿Con qué objetivo vivir si lo único que tendremos asegurado será el dolor? ¿Cuál es el límite que nos indica que el único paso adelante es terminar con nuestra vida? ¿Hasta dónde se extiende, y con qué sentido, la vejez? Estas son las preguntas que asoman página tras página. Las respuestas no las vamos a encontrar, porque nadie puede darlas y porque el autor, sabiamente, actúa en concordancia a ello.

Hasta hace poco, esta novela protagonizó su propio boom, con varias ediciones en seguidilla y una intensa promoción. Tomás González (Medellín, 1950), autor nada nuevo, recorrió las páginas de infinidad de revistas y suplementos literarios; pocos lo habían leído antes. Ya sin la agitación febril y la recomendación insistente de las maquinarias culturales, la novela no solo se sostiene por sí misma sino que se levanta y echa a andar.

Tomás González nos acerca a la vejez de un reconocido pintor, David, sumida en el desparpajo de la memoria, aún lúcida, y de la degeneración física. David se esfuerza por dejar escrito su recuerdo más intenso, la muerte  voluntaria de su hijo. Al mismo tiempo va comentando su proceso de escritura y va hilvanándolo con su rutina diaria actual, que es también un relato de su propia desintegración.

Al lector medianamente aficionado a los libros le vendrá inmediatamente a la cabeza esta referencia: Todos los fuegos el fuego, el cuento de Julio Cortázar. La luz difícil se trata de una narración de dos tramas que se entrecruzan, o cabría mejor decir que se entretejen, de principio a fin del libro. Estas historias que avanzan paralelas comparten estilo y, lo más importante, una preocupación, la del narrador, de profundizar en el tema de lo escrito. Difícilmente una trama sobreviviría sin la otra en el relato del argentino, y en la novela de González la separación es imposible, cada una  provoca y cuenta a la otra.

En una de las vías está David con su familia inmediata: Sara, Jacobo, Pablo y Arturo. En la otra, veinte años después, David se encuentra mayormente solo, compartiendo los largos instantes de su vejez con Ángela, su empleada doméstica, y el esposo y el hijo de ella. La novela, a pesar del desfile constante de nombres, es una aproximación al valor de la soledad, la cual le permite a David disfrutar de la compañía de personas diametralmente opuestas a él y del desarrollo de una autonomía, con múltiples formas de cariño, que poco podemos imaginar.

La mitad de la novela tiene lugar en Nueva York, en los años anteriores al atentado del 11 de septiembre. Uso esta fecha como referencia porque la da el narrador también, porque son el horror y la tragedia de ese día los únicos símiles que encuentra él para describir su propia angustia y el vacío instaurados en su hogar. Es más, la descripción de ese estado emocional  fracturado es tan complicada que David alcanza nada más a comparar ambas situaciones; los rostros desencajados y la incredulidad latente como cobija serán parte de lo que trata de describir.

La ciudad que leemos está ubicada en los noventa, con pequeños saltos hacia la década anterior a esa. David y su familia se acoplan bien a ella, a sus altibajos. Sara, la esposa de David, trabaja como consejera de salud para prevenir el sida, la epidemia que asola a Nueva York. Recordamos entonces que esta ciudad, la del Soho, la del West Village, la capital financiera del mundo, tiene también sus cicatrices latentes. Ya vimos a la Nueva York del sida en esa magistral insolencia que es Kids, la película de Larry Clark; y algo atisbamos en Éramos unos niños, la autobiografía de Patti Smith.

En un punto de la novela, cerca del final, David parafrasea un dicho taoísta, confesando: “Cuando tengo hambre como, bebo cuando tengo sed y cuando estoy triste me pongo melancólico”. En esa frase queda condensada la ética del narrador y su estado emocional de los días en los que se ha impuesto el deber de rememorar y contar con inútiles palabras lo que, según él, mejor le saldría pintado.

Atención: quien no ha leído la novela bien puede dejar de leer aquí, a continuación viene un spoiler con una reflexión sobre el final. Pero si está claro que el secreto de una buena lectura no está en la anécdota, entonces continúen tranquilos.

Se dice que Carl Jung exclamó antes de morir: “¡Qué maravilla!”. También se dice que las últimas palabras de Goethe fueron: “¡Luz! ¡Más luz!”. David, un pintor que ha luchado toda su vida por la visión adecuada de la realidad para plasmarla en su obra, ve apagarse, literalmente, la luz, se está quedando ciego, y en sus últimos momentos de lucidez emprenderá la tarea de legar (no sabemos a quién, ¿a nosotros, quizá?) su memoria, en un tortuoso camino hacia el final que concluirá con una escena entrañable: su asistente doméstica, Ángela, escribiendo por él la conclusión final, una sola palabra: “Marabilla”.

(*) Publicado en la sección Cultura del diario El Telégrafo, el 11 de marzo de 2013.

3.12.12

¿Muere también la poesía?*

Amanda Pazmiño leyendo
El pasado jueves 22 de noviembre se vivió lo que sería, aparentemente, la última noche de poesía instaurada por el bar Guayaquil de la Culata.

Freddy Girón quiso rescatar el espíritu antiguo de la ciudad y bautizó a su bar de la zona rosa como Guayaquil de la Culata, haciendo alusión a uno de los primeros nombres del Puerto Principal. Allí se reunían desde artistas de todo tipo, hasta amantes de la salsa y del rock ochentero.

Pero hace menos de un mes el bar cerró sus puertas. Una ordenanza del municipio, que manda cumplir con un metraje mínimo tanto del área interior de los locales como de su parte frontal, provocó el cierre de al menos 31 establecimientos.

Ahora, el encanto de Guayaquil de la Culata, con sus infaltables recitales de poesía y trova, se trasladó al bar Magade, no tan lejos y no tan distinto. Carlos Torres, su nuevo propietario, comentó que quieren mantener la propuesta implementada por Girón: “no hay un lugar donde se reúnan los poetas; aunque vengo trabajando otro tipo de formato, uno más popular, quiero continuar la idea, además de presentaciones musicales como los sábados de salseros, por ejemplo.” Torres es también percusionista de la agrupación de salsa Urakán Tropikal.

El jueves pasado se realizó la ritual lectura, en la que estuvieron, entre otros reconocidos escritores locales, Juan Carlos Cucalón, Aleyda Quevedo, Luis Franco, Amanda Pazmiño y Siomara España. Todo bajo la dirección de Lucy Hidalgo, encargada desde siempre del área cultural de Guayaquil de la Culata.

“Nuestro segmento se lo llevó a cabo desde mayo, no solo hemos tenido poesía sino también música folklórica internacional, teatro, canción protesta. Nos han visitado alrededor sesenta autores de todo el país, e incluso colombianos, peruanos y argentinos”, dijo Hidalgo.

Esa noche también estuvo Armando Alzamora, de Perú, quien bromeó con ser autor del libro más robado de la Feria del libro de Quito, ya que perdió veinte ejemplares en la cita literaria. Él leyó en Guayaquil de la Culata antes de su cierre y ahora vino como público antes de su regreso a Lima.

Con pantalón rojo, camisa Lacoste y el pelo recogido en una cola de caballo, el narrador Juan Carlos Cucalón leyó dos relatos inéditos llenos de picardía y humor ácido. Mencionó que “ya estuve acá una vez y me sentí muy a gusto, se forma un ambiente agradable y es casi como una reunión de amigos”. Don Cuca, como lo llaman todos, es guayaquileño pero radicado en Quito, y el único prosista en esa noche de vates.

Luis Franco es de Santa Rosa, cerca de Salinas, y ya ha venido a las lecturas en otras dos ocasiones. Él es organizador del festival de poesía Sumpa Vive y actualmente prepara la antología del evento, llamada “Voces para el naufragio”. A su lado estuvo Hidalgo, quien se mostró preocupada “porque a las doce llega la policía a tocarnos la puerta”.

En el intermedio, se dio la intervención de Evocación, un conjunto joven de música nacional. Dos guitarras y un bongó acompañan la voz de Elizabeth Villacís. Además de ellos se presentó Jimmy Brito, quien con una guitarra eléctrica y una laptop animó la noche con una versión de “My Way”, de Frank Sinatra.

“Estaba en el (festival) Ileana Espinel y me enteré por una amiga de que iba a haber una lectura, vine porque me interesa”, me lo dijo César Ramírez en la barra del bar. Él estudia psicología y se acercó a conversar porque me reconoció de la facultad. Le dije que había venido a cubrir, él pidió algo para picar y lo perdí de vista.

Entre el público estuvieron también otros asistentes e invitados del festival de poesía Ileana Espinel, que se desarrolló la semana pasada. Su mesa fue la más bulliciosa y la que más aplaudió las intervenciones de Aleyda Quevedo y Siomara España; esta última dijo, antes de leer, que “perdonarán… tuve un inconveniente con el ron”.

Pasaron las horas, el local se llenó de humo y meneos de cabeza cada vez que un verso llegaba al corazón de alguien. De repente la sobriedad poética perdió la compostura y se convirtió en un alegre baile al son de la salsa. Pasada la medianoche, efectivamente, llegaron cuatro policías para hacer cumplir la ley.

(*) Publicado en Gkillcity, portal de periodismo contracultural, el 3 de diciembre de 2012.

20.11.12

Santiago Roldós cuestiona el valor de la soledad*

Una tragicomedia escrita y dirgida por el dramaturgo guayaquileño que aborda los sucesos de la infancia.

"Voy a tener un teatro pintado de negro en un lugar donde a nadie le importa", es uno de los diálogos que se dice en Ensayo sobre la soledad, la más reciente obra de la agrupación Muégano Teatro. 

Esta frase, que levanta risas entre el público, es también una fuerte autocrítica: la puesta en escena de esta producción sobresale por la ausencia de color, y Guayaquil no es precisamente una meca de las artes escénicas.

Escrita y dirigida por Santiago Roldós, con la actuación de Pilar Aranda, Marcia Cevallos y Aída Calderón, Ensayo sobre la soledad inicia su temporada en la Sala Zaruma del Teatro Sánchez Aguilar, del sábado 17 de noviembre al domingo 2 de diciembre.

Presentada este mismo año en el Festival Internacional de teatro de Manta, en el FIARTES de Guayaquil y en la Casa Abierta del ITAE, la creación de Muégano presenta algunas variaciones que responden, a decir de Roldós, "a la necesidad de profundizar en los conflictos, ya que una obra de teatro, normalmente, contiene muchas otras más que, debido a la mecanización y la repetición, suelen quedarse invisibles".

En Muégano apuntaron inicialmente a crear una obra para niños, quienes carecen de opciones de diversión libre de consumo. En el camino, Ensayo sobre la soledad se transformó en una indagación sobre la infancia.

"Hace falta una relación no clientelar con los espectadores. Doy el ejemplo de La Candelaria (grupo teatral de Colombia), cuando dijeron que el nuevo teatro colombiano sólo surgiría si lograban crear un nuevo tipo de público, maduro y exigente. Entonces, tiene sentido pensar, con respeto y la mayor inteligencia, que la cultura teatral nace desde temprana edad."

El teatro es una experiencia que solo queda impresa en la memoria, es irreproducible. A diferencia de otro tipo de discursos como el ensayo o la literatura, lo efímero del teatro es "muy similar y sintético en relación a la infancia, que esencialmente es el lugar de aprendizaje de la renuncia y la despedida".

El minimalismo de la escenografía contrasta, también, con otras producciones locales. Según Roldós, hacen un teatro "con gran economía de medios, que apuesta a una enorme riqueza emocional e intelectual", esto bajo la premisa fundamental de divertir a la vez que subvierten. 

De allí que se mencionen como influencias a Les Luthiers, Bugs Bunny y Brecht, pues, hay un interés en las experiencias vitales más que en la estética y sus efectos. "Si Bugs Bunny es un referente, no lo es sólo en tanto su estética o sus efectos, sino que remite a cómo llenaba los espacios de soledad de mi infancia".

Una obra de teatro es esencialmente una pregunta, afirma Roldós, y en esta pieza se cuestiona el valor de la soledad con momentos cómicos y otros, más bien, sombríos. Entre estos últimos está cuando una de las actrices dice: "lo más divertido es jugar a morirse", una cita textual oída en un parque a un niño. El sentido del humor que se maneja es el de la provocación.

"La comedia es el género político por excelencia, de ahí que sea tan terrible que la comedia hegemónica en Ecuador esté al servicio del poder y los prejuicios", asevera el director. La política de Ensayo sobre la soledad es la de los afectos, nunca en el sentido degradado de la lucha electoral, por poner un ejemplo. Podría decirse que Guayaquil vive un boom del teatro, con presentaciones cada semana. Ante la interrogante de si pasamos por una moda, Roldós piensa que "igual disfraza una necesidad vital. La cuestión de la madurez del teatro es una pregunta sobre la madurez de la sociedad, y de la autocrítica a la que está o no dispuesta a generar. Espectador teatral es alguien capaz de mirar con extrañeza y criticidad su cotidianidad". El tiempo nos lo dirá.

(*) Publicado en el diario Hoy, el 20 de noviembre de 2012.

11.11.12

Un Frankenstein teatral en blanco y negro que da risa*


La obra que se presenta en el Teatro Sánchez Aguilar, expone al mítico personaje con una dosis de humor y eclecticismo 

Al son del Bolero de Ravel, un coro de 14 personajes vestidos de negro con batas blancas baja por los escalones del teatro. Dividido en dos grupos, el coro se desplaza lentamente, mostrando al público, fila por fila, expresiones faciales exageradas junto a movimientos corporales repetitivos y descoordinados. Es el inicio de la primera escena de Frankenstein, la obra teatral que se presentará en la Sala Principal del Teatro Sánchez Aguilar en Guayaquil.

La productora Daemon trabajó una vez más en conjunto con el TSA y, en esta ocasión, con la colaboración de la Universidad Casa Grande. Más de 70 personas estuvieron involucradas en su realización y, a pesar de la publicidad y varias presentaciones de promoción, la obra ha sabido mantener sus secretos para sorprender a los espectadores. Sin embargo, por boca de Jaime Tamariz, director y productor, se sabe que hay un castillo de tres pisos, además de música original interpretada en vivo, incluso con un piano de cola que permance en escena. 

El Frankenstein de Daemon es, en palabras de la productora y encargada de la dramaturgia, Denise Nader, un reflejo de la criatura en sí misma, por lo fragmentada, caótica y divertida. Además, es el fruto del mestizaje de influencias muy diversas. En ese sentido, Tamariz comentó: "Se nota su cualidad ecléctica. Partimos de la película Young Frankenstein (Mel Brooks, 1974) para hacer un homenaje al cine de terror de la década de los treinta, sin alejarnos de la obra original de Mary Shelley". 

Brooks hizo una parodia de la obra literaria original, pero también rindió tributo al cine expresionista alemán. Nader afirma que se mantuvo el humor del filme pero como "elemento narrativo, expresivo de la realidad y de los sueños, se puede contar algo muy serio con humor y no empequeñecerlo un ápice".

El coro, que rompe la cuarta pared al surgir de entre los espectadores, marca la pauta para la ruptura y las exploraciones, características del trabajo de Tamariz. Al aporte de Brecht se suma el de Meyerhold con su biomecánica. La gestualidad de los actores supuso comunicar con el cuerpo. Por otro lado, resulta irónico que, tomando en cuenta que el expresionismo alemán fue una manera de crear sin recursos usando el ingenio para lograr efectos dramáticos y no decorativos, esta producción actual no escatime en gastos para reproducir lo que otros hicieron sin mayor financiamiento. 


"Esta historia busca intensidad, es una revisión de varias versiones en búsqueda de algo más personal. No estamos buscando realismo", aseveró Tamariz. La puesta en escena es, en su totalidad, en blanco y negro, lo cual favorece la expresión, pero fue mucho más laborioso para efectos de la producción. 

Alberto Pablo Rivera, quien personifica a la criatura, cuenta que no se ha creado un monstruo para asustar. Para preparar su personaje, el actor dijo tuvo que apagar su mente y reaccionar a las situaciones como si fuera un niño, volver a tener la capacidad de sorprenderse. 

Entre los actores hay tres españoles con una trayectoria en Madrid en televisión, teatro y cine: José Burgos, que ya vino para hacer arte, y también actuó en El Montaplatos y ahora será el Doctor Frederick Frankenstein; Ana Morgade, que vino para ser asistente de dirección en arte y ahora es Inga; y Paula Galimberti, que será Elizabeth, la novia del Doctor. 

Los actores ecuatorianos son: Marina Salvarezza (Frau Blucher), David Reinoso (Burgomaestre Kampf), Alejandro Fajardo (Igor) y Pablo Rivera. "Interpreto a dos personajes con los que exploro bastante -dice Reinoso, conocido por su labor en el programa humorístico Vivos-. La obra tiende a la hilaridad, algo que no es tan distinto al trabajo que he desempeñado".

Las actrices españolas coinciden con él, las improvisaciones fueron comunes: "partiendo desde el texto para hacerlo crecer a un punto en donde nos encontramos cómodos y hace bien a la obra", añadió Galimberti. 

Por su parte, Marina Salvarezza, originaria de Italia y residente por largo tiempo en el país, aseguró indentificarse más con la estética de la obra fue. "Me identifico con la forma original del expresionismo. Creo que soy la más alemana del proceso… Los padres deberían venir con sus niños. Es un espacio ideal para compartir".

(*) Publicado en el diario Hoy, el 11 de noviembre de 2012.

29.10.12

Una feria agridulce*

Mirada crítica a la FIL-Gye 2012

La semana pasada Guayaquil operó como un puente entre los distintos discursos que se congregan alrededor del libro en Latinoamérica. Con recitales, presentaciones, video-foros y conferencias, los invitados a la Feria del libro establecieron conexiones con sus lectores, algo esencial para acercarse a la lectura.

A diferencia de la Expolibro (organizada a mediados de año por el Municipio), acá no hubo helados de coco ni cuerito de chancho. La mayoría de los expositores tenían una relación estrecha con la lectura, y un poco menos con la literatura. La disponibilidad de dinero estatal ($350,000 dólares, según la ministra Erika Sylva) hizo que no se dependiera de otro tipo de comercios para sostener la feria.

Y sin embargo fue, figurativamente, una experiencia agridulce.

¿Por qué?

1. El tema era “Memoria e identidad”, a propósito del centenario de nacimiento de Enrique Gil Gilbert, Nelson Estupiñán Bass y Nela Martínez, y de los cien años de la Hoguera Bárbara, la muerte del mártir favorito del correísmo. Posibilidades constreñidas a un planteamiento político limitado. Vivimos bajo un gobierno que ha convertido el “prohibido olvidar” en fetiche ideológico. En ese sentido se da la invitación de Manabí como expositor principal, y el recordatorio de que hay un elefante blanco (Ciudad Alfaro) que a casi nadie le despierta la memoria. El espacio para la provincia estuvo ubicado fuera del recinto ferial, donde hubo desde bisutería hasta café pasado. Adentro se acondicionó un pasillo con los recuerdos literarios de Manabí, donde pocos se detuvieron.

2. El III Encuentro de Ciencia-ficción es, sin duda, una muestra de lo que se puede lograr con pasión y sin envidias; uno de los puntos altos. El año pasado nacieron, de este encuentro, las Tertulias de Ciencia-ficción (fundadas por Fernando Naranjo y Denise Nader) pero lamentablemente en los eventos dedicados al género la presencia de público fue mínima, nunca pasó de las 20 personas.

3. El stand de la librería Sabueso, ubicado junto a la entrada, pudo haber sido la única parada. Su dueña, Luzmarina Salgado, comentó que se especializan en libros diferentes, difíciles de encontrar en un local comercial. Sabueso abrió hace 5 meses en Quito, pero antes ya eran una tienda virtual. “Ha venido muy poca gente, la feria está mal”, dijo Salgado.

4. Armando Alzamora vino desde Lima con cerca de 500 libros de la librería Comala. Él se atrasó en llegar desde Perú y los encargados de la organización decidieron que le darían el espacio a alguien más. Finalmente el peruano llegó y lo colocaron en un pasillo frente a la sala Nela Martínez, le dieron una mesa vieja de plástico y dos estanterías donde nunca entró toda su mercancía. A Alzamora nunca le asignaron un stand, pero fue muy visitado por el rápido rumor de tener la mejor oferta literaria, incluyendo editoriales que acá ni se asoman, como Mansalva, Eterna Cadencia o Caja Negra.

5. La Campaña de lectura Eugenio Espejo, coordinada por el escritor Iván Egüez, es otro ejemplo de autogestión sin pasar por el “lamebotismo” común en el país. Producen libros a bajo costo con una periodicidad mensual. Además, publican la revista Rocinante, que junto al suplemento CartónPiedra (El Telégrafo) son las 2 iniciativas de difusión cultural más representativas del país. En Quito los libros de la Campaña se reparten junto a las planillas de servicio básico, cobrando al usuario un valor mínimo; en Guayaquil se ha intentado hacer lo mismo pero hasta ahora Nebot no ha aprobado el proyecto.

6. Bertha Díaz, quien tuvo a su cargo una mesa de discusión sobre teatro, afirmó que en su invitación a la feria destacaban su importante aporte a la literatura desde el plano de la memoria y la identidad, lo cual, obviamente, se lo habían dicho a la totalidad de los invitados. Palabras mecánicas de una política gobiernista que no tolera la reflexión crítica pero lo sabe disimular. Por el contrario, el poeta Carlos Luis Ortiz declinó la invitación pero nunca lo eliminaron de la programación.

7. Una de las lecturas de poesía convocó a la mexicana Daniela Camacho, la argentina Diana Bellesi y a las ecuatorianas Carolina Portaluppi y Sonia Manzano. Nos golearon jugando de locales, un resultado que se esperaba. Lo que fue una sorpresa es la entretenida capacidad anacrónica de Manzano para leer sus poemas, en donde la “licencia poética” le permitió cambiar sed por sec y mamut por mamuc.

8. Durante casi toda la feria se realizaron talleres de breakdance y rap a cargo del colectivo El Galpón. Quien encuentre un aporte importante del hip hop a la literatura o a la difusión de la lectura que me lo diga ahora mismo. Pero las sesiones tuvieron una buena acogida. David Bonilla, quien prefiere ser llamado Lion, dijo que en Guayaquil es muy difícil acercar esta expresión cultural a la ciudadanía en general. Él y su grupo estuvieron en diversos barrios con raperos locales, bailando y cantando, y de todas partes fueron expulsados por agentes metropolitanos.

9. Villa Cartón: Dadaif Indie-art, Camareta Cartonera, Murcielagario Kartonera, Niño Búho, La One Hit Wonder y la Cartonera Intercultural, editoriales que fabrican sus libros con material reciclado. Se caracterizan por la infinidad de eventos que realizan, ya sean lecturas, presentaciones de libros o performances, lo cual es una vitrina interesante. También han sucumbido a la moda de compilar antologías sin ton ni son, producto del incesante turismo literario que se da hoy en día. Su posición editorial parece una carrera armamentista. Gabriel Paz, quien estuvo a cargo del stand de Casa Morada, maneja dos proyectos: Niño Búho y La One Hit Wonder.

Como si uno no bastara. En su stand, los de Camareta acogieron a los quiteños de Murcielagario Kartonera, quienes una semana antes del inicio de la feria recibieron un mail del Ministerio diciendo que no habría espacio para su propuesta. Lo curioso es que no parecen decidirse por un precio fijo, los valores fluctúan demasiado, desde $3 hasta $7. Hay que preguntarse si el producto realmente lo vale, es decir, si hay un trabajo literario de calidad. Porque se han dado casos de personas que quieren comprar solo las portadas para poner otras hojas y hacerse un cuaderno.

10. En la rueda de prensa antes de la inauguración, le pregunté a la ministra de cultura por qué no fortalecen la feria de Quito, siendo un país tan pequeño, y me respondió que si de ella dependiera haría una feria en cada ciudad del país. Me pregunto qué tan beneficioso es disolver las iniciativas con la excusa falaz de llegar a todas partes si ni siquiera hay medidas a largo plazo para el estímulo de la lectura.

11. A pesar de todo siempre es recomendable acompañar procesos como éste. La crítica literaria Cecilia Ansaldo da el ejemplo, habiendo cuestionado fuertemente a la feria, cedió por el homenaje a Nela Martínez, a quien conoció personalmente. Hay que valorar lo que se produce y aprender a juzgar para mejorar, el chauvinismo debe exiliarse.

Finalizada la feria 2012, el torniquete de ingreso registraba más de 350,000 visitas, superando las 25,000 del primer año y las 50,000 del segundo (según datos recogidos por diario El Comercio). Cabe resaltar que el día sábado por la noche, mientras esperaba en el lobby de entrada al MAAC, vi que el encargado del ingreso hizo rodar al torniquete en múltiples ocasiones, dándole varias vueltas cada vez. ¿Importan tanto los números, contra quién se compite y qué se quiere demostrar?

(*) Publicado en Gkillcity, portal de periodismo contracultural, el 29 de octubre de 2012.

17.10.12

Cristian Avecillas: "El poema es un acto de convivencia con el otro"*


Entre vistazos a la ciencia ficción cubana o la historia del cómic en Argentina, pasando por la producción teatral chilena, la Feria Internacional del Libro también dedica un espacio para mirar hacia dentro. Un ejemplo es la presentación del poemario Estrategias para descarriar a una mujer, de Cristian Avecillas.

Ataviado con una camisa blanca y su infaltable sombrero de paja toquilla, a Cristian le preocupa el incesante turismo literario. Como ejemplo cita la proliferación de antologías internacionales en las que no siempre hay un trabajo de calidad. Él, dice, prefiere desarrollar su voz lírica y plasmarla en poemarios que den cuenta de su madurez como autor y no de la cantidad de amigos que puede conseguir o de los países a los que puede enviar sus versos.

Esta concepción de la escritura hizo que tardara ocho años en terminar Estrategias… “Soy pausado para escribir y no tengo prisa en publicar, uno tiene que ser consciente con lo que brinda al hipotético lector… El proceso fue relativamente corto, el tiempo del hombre no es el tiempo del poema”. Cree que es indispensable reposar la obra, pues “nuevas experiencias vitales harán que tome rumbos interesantes”.

Sucedió así con este libro. El hecho de obedecer a tres voces diferenciadas (una femenina, otra masculina y un coro) hizo necesaria una marginación espacial poco común. Todo bajo lapsos temporales con implicaciones cinematográficas: personajes, ambientaciones. Sin querer inventar nuevos discursos, el poema se justifica solo; incluso quitándole su estructura, que “no es la causa del libro sino una forma de llegarle al otro”.

Siguiendo una línea de amor convencional, el poemario se abre a varias posibilidades de lectura. Cristian Avecillas lo ve como el cortejo en la modernidad, “sin olvidar de donde vienen estas intenciones: Ovidio con El arte de amar; Geometría moral, de Juan Montalvo; y Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes. Fueron sustento para un nuevo cortejo en tierra ecuatoriana, donde todo está caliente y es lírico”. Además recalca que ahora tenemos otra forma de estar en el mundo, y eso cambia las identidades masculina y femenina.

“La mujer ya no es el objeto sexual, por el contrario los hombres pasamos a convertirnos en objeto cuando la mujer asume su sexualidad libremente, su descarrío, y comanda poéticamente todos los órdenes de la vida amorosa”. Así es lo femenino en Estrategias… Una mujer que se deja sugerir, pero es actuante y decide, se deja conmover pero no convencer; un cuerpo de inteligencia propia. El hombre lo que hace es inventar artificios para retener. El coro es una voz divina, un oráculo que actúa e interviene.

La construcción del libro permite la forma de montaje teatral, con tres actores dialogantes. La mujer es tragedia; el hombre, comedia; y el coro, el drama; según las tres unidades aristotélicas de la creación escénica. La intención es traer algo clásico como el amor corpóreo a un momento de modernidad que vivimos a través del cine.

Sin embargo, “el poema no lo aguanta todo, tiene que haber ritmo, un salto de la belleza en la verdad, y un hombre detrás de eso, nunca una inconsciencia accidental que ponga palabras que solo provoquen extrañamientos. El poema no es terapia, no se trata de reportar inferioridades, o traumas infantiles, o las venganzas que tengo que imponerle al mundo. El poema es un acto ceremonial de convivencia con el otro, todo lo humano tiene que ser propuesto, todas las cosas que nos definen como especie”.

Actualmente se están preparando nuevas ediciones de este libro en Perú, México y Venezuela.

(*) Publicado en la revista Expresiones del diario Expreso, el 17 de octubre de 2012.

16.10.12

Un contacto de otro mundo*


Sobre el III Encuentro Internacional de Ciencia Ficción en Guayaquil.

El recinto ferial parece un homenaje a Jorge Luis Borges, uno de los mayores escritores que ha tenido América del Sur. Sus pasillos como senderos que se bifurcan conforman un auténtico laberinto por el que se pierden con gusto los amantes de la lectura. En una de sus arterias está la sala Galo Galecio, el lugar elegido para las reuniones de la tercera edición de la Feria Internacional del libro.

El autor argentino es también una de las mayores influencias para quienes cultivan el género de la ciencia ficción. Él y Bioy Casares revitalizaron una corriente que permanecía alejada de lo que se consideraba literatura “seria”. Sin embargo, hoy en día aún permanece a la sombra del canon, y allí dentro las obras de Latinoamérica constituyen otra dimensión, minimizada todavía más que sus pares europeas o estadounidenses.

Entre los invitados al III Encuentro Internacional de Ciencia Ficción estuvieron el cubano Yoss Sánchez y el chileno Marcelo Novoa, autores y entusiastas de este género. Ellos mantuvieron el día domingo un conversatorio con el escritor ecuatoriano Jorge Miño. El diálogo lo moderó Denise Nader, narradora guayaquileña, fundadora y coordinadora de las Tertulias de Ciencia Ficción, una convocatoria mensual que busca difundir y discutir sobre esta corriente.

“El realismo no alcanza para definir al mundo”, afirmó Sánchez, y añadió que vivimos en medio de una fisura puesto que hay una generación a la que esta época le parece ciencia ficción. El auge de los teléfonos inteligentes y demás novedades de la tecnología es un universo extraño para gran parte de la población. Allí radica la vigencia de este tipo de literatura. Sánchez insistió: “La ciencia ficción es una necesidad, no está hecha para pronosticar sino que coloca en el mañana un espejo para vernos hoy… se la escribe para evitar la crisis”.

Novoa habló acerca de la tradición perdida pero que “está saliendo a la superficie, sin preocuparnos de estar validados por el llamado ‘Primer Mundo’. Las ideas de la ciencia ficción latinoamericana son infinitamente más potentes, en términos de espejo e identidad, que el realismo a secas”.

La literatura fantástica es para Novoa siempre metáfora de algo. “Se moja más los pies, a veces se resbala y cae, pero otras se mantiene en pie, como en el caso de 1984 (novela de George Orwell), una obra en la que se vieron distopías que luego se hicieron reales”. Más que metáforas, estamos ante respuestas a problemáticas actuales.

Hay un permanente conflicto entre los cultivadores del género y otros escritores más convencionales. Últimamente ha habido incursiones de autores como Michael Chabon, Michel Houellebecq y Rodrigo Fresán en un campo que no les pertenece. Para Novoa este coqueteo con la ciencia ficción es saludable porque permite la discusión y borrar los prejuicios. Sánchez piensa que no debe perderse la esencia contracultural y subversiva, que hay que alimentarse de lo prohibido y lo desagradable. Se trata de un campo de pruebas, la frontera entre “el pantano del underground y los escalones del mainstream”, según el narrador cubano.

En ese sentido Susana Sussmann, escritora venezolana que participó el año pasado en el encuentro y esta vez vino por su cuenta, agregó: “Estamos en la transición, estas incursiones hacen que el nombre deje de verse tan de segunda, luego el mercado editorial nos mira y nos sacamos el prejuicio”. Sin embargo, fue enfática al asegurar que la ciencia ficción es una literatura de ideas con un elemento especulativo. No siempre entra lo científico, puede haber también recreación histórica, pero el núcleo es el argumento, no el estilo.

A partir de la última feria surgió la idea de las tertulias, como una réplica de las que se llevan a cabo en Caracas y Buenos Aires. Con 10 reuniones realizadas hasta ahora, Denise Nader comentó que la idea es abrirse hacia otras disciplinas. “Nos agrupamos para conversar, pero no queremos dejarlo ahí, queremos hacer concursos, tener un programa de radio… Conectarlo con otros saberes”.

Para Nader la ciencia ficción siempre estuvo presente, desde pequeña la atrajo la astronomía y el espacio, pero “el género es muy autorreferencial, no es necesario conocer de ciencia; ocurre lo contrario, muchos se han acercado a ella a través de la lectura”.

La ciencia ficción es un apodo más que tiene la literatura, para Sussmann es una metáfora que busca reflexiones, que nos habla de los límites de ser humano. Jorge Miño, por otro lado, prefiere no jugar a las clasificaciones y comenta en tono jocoso: “Si alguna vez llegan los marcianos, todo lo que hemos escrito no será más que novela histórica”.

(*) Publicado en la revista Expresiones del diario Expreso, el 16 de octubre de 2012.