16.5.12

Diana, o El Paraíso como bastión*

Diana Patiño
El calor empieza a calmarse y los carros se acumulan en la Carlos Julio. Mientras camino al pie de la avenida imagino la interminable fila de personas pugnando por entrar en el paraíso (el de los cristianos, no el barrio) y a San Pedro como vigilante de la Comisión, sudando desde la espina vertebral hasta la punta de las uñas, desesperándose por pedir papeles. Cinco casas después del Chifa, me había dicho Diana indicándome las señas para llegar a su casa. Desde donde vivo tengo que bajar hasta la Av. Carlos Julio Arosemena y de ahí avanzar en este orden: la vulcanizadora; el restaurant de los cubanos (uno de varios); otra vulcanizadora (ésta en tamaño miniatura); un local de venta de empanadas, corviches, papas rellenas y jugos; el chifa del chino que pasa sentado al pie de la entrada fumando un cigarrillo con los pies sobre la banca; y cinco casas más. La casa de Diana existe detrás de un muro de ficus que disimulan una reja metálica color negro. Cuando llego a su casa un bus escolar está estacionado al frente; el bus hace la cola para entrar al colegio 28 de mayo y evacuar a toda prisa a sus estudiantes.

Pero ¿quién es Diana?, Diana es Diana Patiño. ¿No? Bien, Diana es @nitadp, ¿ya? Sí, Diana es miembro fundador de Guayaquil en bici, el grupo que promueve el uso de la bicicleta, aparte de una actividad física, como un medio de transporte seguro y cotidiano. Guayaquil en bici se ha encargado de aplicar la dinámica de lo que se conoce como Masa Crítica para hacer del uso de la bicicleta una actividad masiva. Se trata de un paseo mensual para celebrar el ciclismo y para afirmar los derechos del ciclista en las calles. No es una organización ni un evento, el punto de reunión ha sido fijado por conveniencia -la Plaza Rodolfo Baquerizo Moreno- y el recorrido cambia constantemente de acuerdo con el ánimo de cada noche.

Esta tarde Diana se prepara, a su manera, para la Masa Crítica de esta noche. Al recibirme en su casa tiene un look de rockstar enfiestado o de alguien con sueño que ha tenido un conato de siesta. Me parece curioso el hecho de que, a pesar de vivir en el mismo barrio y a solo unas cuadras de distancia, a Diana la conocí primero, si es que tal verbo encaja, por internet; y luego empecé a usar la bici más seguido y fui a una Masa Crítica, y un día la entrevisté para un proyecto universitario. Podría decirse que Diana influyó en mi decisión de ir pedaleando a todas partes, de la misma manera en que Diana fue una influencia decisiva para que su jefe haga lo mismo comprándose una bicicleta. Funciona como un virus, quienes te rodean se dan cuenta de las ventajas, y muy probablemente influyas en ellos, sin embargo, eso no evita que te tilden, como a Diana, de loca. El prejuicio es inmenso, así como el miedo. Un miedo que incluye el que siente la mamá de Diana cada vez que ella sale a la calle, aunque este miedo no cambiará nunca, es un tópico: la preocupación de madre.

El tráfico en Guayaquil es un monstruo y las calles son como cavernas que deben permanecer inexpugnables. Cuando la gente piensa en ciclismo, piensa en 1)deporte y 2)hobbie, casi nunca en un modo de transporte urbano.

Sentados en el sofá de la sala, Diana me habla de una sana envidia que produce en los demás el uso de la bicicleta (para todo tipo de actividad) por parte de uno. Esto refuerza mi teoría del monstruo y la gran capacidad de auto-generarse miedo y prejuicio que tenemos los guayaquileños, o quienes aquí habitamos.

No tengo una grabadora de voz conmigo y no puedo reproducir la energía y contundencia de las frases de Diana. Ella está convencida de lo que cree. También hace reír. A ella no le gusta treparse a un colectivo, usa la bici como transporte hace poco más de medio año. Entre sus metas de vida no está comprarse un automóvil; tal vez no por ahora y no para usarlo en Guayaquil, agrega. Dice que si compra un carro lo usaría para viajar a todas partes, siempre cargando con su bicicleta.

El Paraíso es un barrio de apacible extrañeza. Acá todos los días son domingo (silentes y grises). Le pregunto a Diana acerca de lo que ocurre, para ella, en el barrio, y no sabe con certeza qué responderme. Me recalca que su relación con el barrio es una relación de dependencia. Tenemos que cambiar de plano y trasladarnos al pasado:

-Quince años viviendo en el Paraíso.

-Primera comunión e ir a misa todos los domingos (cuando practicaba el catolicismo).

-La misa de los domingos mutó en ir a comprar frutas donde Juanita, la tendera.

- La vulcanizadora como "parada en pits".

-Comer en el Chifa cuando el chino que pasa sentado al pie de la entrada fumando un cigarrillo con los pies sobre la banca todavía no era su dueño.

Nos reímos a costa del chino del Chifa y luego me cuenta sobre su antigua dueña, una china gruñona que repartía la carta y los platos como quien lanza los aros en ciertos juegos de Play Land Park. Tendría que buscar a la china y obtendría una buena crónica, me dice Diana. Diana la que trabajó hace diez años en el primer cyber café del Paraíso, un local atendido por los primeros cubanos en colonizar esta porción del Puerto. Hoy ese cyber ya no existe, pero los cubanos siguen en aumento. La relación de Diana con sus vecinos se reduce a un "hola y chao", me explica. Concuerdo con ella. No hay relación como tal. Cada quien vive dentro de sus propios muros.

El tiempo no se detiene: anochece. El tráfico parece seguir estancado y las alumnas del 28 empiezan a dar vueltas por la zona con sus risas pre-púberes. Diana tiene que prepararse para la Masa Crítica, no ha faltado a ninguna desde la primera vez, en septiembre del año pasado. Hoy espera que lleguen unas cien personas. Mientras se alista -deja el celular en el sillón, aparece un termo de agua en la mesa, guarda su laptop- me va contando un poco más sobre su experiencia con los pedales. Nunca ha tenido accidentes graves, solamente una vez en que intentó rebasar a un bus y por su propia imprudencia, al colocarse en el punto ciego del chófer, cayó sobre la vereda. Nunca le han robado mientras pedaleaba, confía en su dominio sobre la bicicleta y, sobretodo, desconfía de los autos y del abuso al volante. Ahora Diana se ha cambiado de camiseta -también de color negro- y no sé si es la misma pantaloneta que tenía antes, no le pregunto porque enseguida me muestra su técnica del "cateo", como le llama ella, consiste en distribuir sus pertenencias en los bolsillos de la pantaloneta y luego revisarlos antes de salir, confirmando su contenido, ya que no lleva cartera ni bolso. El "cateo" es su ritual, parada al pie de la puerta de su casa lo realiza rápidamente, y noto que tiene una bandana en su muñeca izquierda, la misma que la vi usando cuando fui a una Masa Crítica. Diana me explica que no es una cábala exactamente pero que le gusta usarla siempre. Ya en la calle se la acomoda sobre la cabeza antes de ponerse el casco. No escatima en medidas de seguridad, se coloca una banda reflectiva en la pantorrilla de una de sus piernas y antes de salir revisa y enciende las luces de su bicicleta.

Ya es de noche, la Carlos Julio no ha cambiado su condición de arteria principal, con una grave crisis de acumulación de autos-grasa. Diana solo tiene que cerrar la puerta de su casa, montarse a la bici, bajar la vereda y ya es parte del interminable flujo de vehículos. La acompaño hasta el semáforo, los buses escolares que esperaban al pie de la avenida han entrado al colegio y ya van saliendo llenos de niñas. Un vigilante de la CTG detiene el tránsito para que salgan los buses. Diana, que se ha encontrado con otro asistente de la Masa Crítica, aprovecha para avanzar y lentamente descienden por la avenida.

Alcanzo a tomar un par de fotos y veo desaparecer a los dos ciclistas -o a sus luces LED-. Esta noche yo no tengo bici, así que saco mis $0,25 para la Metrovía y recuerdo, no sin preocupación, que esta mañana hubo una balacera dentro de la estación y que esperaré al articulado en el mismo lugar donde hace unas horas murió una persona.

(*) Publicado en Gkillcity, portal de periodismo alternativo, el 16 de mayo de 2012.

23.2.12

Siete minutos*

Subidas y bajadas del Paraíso. O ascensos y descensos del infierno. Porque en este barrio (o ciudadela, no quiero desvariar más con esta dicotomía barrio/ciudadela que puede parecer lo mismo pero que sin duda no lo es. Por ahora dejémoslo así, indistintamente barrio o ciudadela, como palabras sinónimas. Prometo, en una próxima crónica, aclarar este punto que encierra la comprensión, a través del lenguaje, de un sistema de condiciones que encierran a muchos guayaquileños) no hay transporte público y si no se tiene un carro propio entonces se sube y se baja, a veces literalmente, del paraíso-Paraíso o del infierno-Paraíso. Y claro, yo no tengo un auto mío, ni de mi hermana ni de mis padres. Yo tengo a duras penas una bicicleta. Una bicicleta que fue un regalo póstumo de un tío muerto en Navidad. Así que me he acostumbrado a subir y bajar a pie (bajar solamente con los pies en los pedales), tal como debe ser recorrida la ciudad, no hay otra manera.

El otro día, luego de terminar de hacer un examen sin profesora, fui con una compañera de clases a comer pizza a Urdesa. Luego de comer y de chismear (ese verbo tan guayaco) ella me pasó dejando por mi casa. Como ella iba para los Ceibos mi idea original era que me deje botado en algún lado del Albán Borja o en algún punto de la Carlos Julio, ya estoy tan acostumbrado a que me dejen por ahí -y que me recojan también- que es como si mi casa estuviera al pie, cruzando la calle, de la avenida. Sin embargo ella me dijo que no tenía ningún problema en llevarme hasta mi casa. “No te preocupes, yo subo esto caminando todos los días, no es nada”, le dije. Pero insistió, así que no agregué nada más. Cuando estuvimos al pie de mi casa me dijo algo así como: “Chuta, pana, sí era masomenos lo que tenías que subir”. Fue ahí cuando me di cuenta de que sí, que son casi 8 cuadras desde mi casa hasta la Carlos Julio, pero que nunca habían importado para mí. Es decir, siempre omito esas 8 cuadras de mi recorrido diario. Debe ser porque casi nunca pasa nada entre esos bloques: el recorrido no es más que una sucesión de casa tras casa tras casa. Este es un barrio de casas. No hay demasiadas tiendas, ni peluquerías, ni farmacias, ni licorerías, ni salas de billar, ni restaurantes. Solamente casas, una tras otra, que con el paso del tiempo parecen las mismas: todas conformando un solo bloque homogéneo incrustado en las faldas del cerro San Eduardo (¿Cerro San Eduardo?).

Durante mis primeros días de vivir en El Paraíso, hace tres o cuatro años, me tomé la molestia de cronometrar mi recorrido hasta la universidad. De los quince minutos que me toma pisar el suelo de mi facultad, siete los paso bajando mi barrio. Siete. Un poco menos de la mitad de mi recorrido lo ejecuto dentro de mi propio barrio. Durante estos siete minutos no hago más que caminar hasta la estación de la Metrovía. No están contabilizados los minutos que representan algún desvío momentáneo o cualquier imprevisto que se pueda presentar. Estos minutos me permiten observar un poco más la zona que habito, veo a la poca gente que recorre sus calles, a los skaters que se deslizan colina abajo, a los cuidadores de perros, al barrendero, al par de mendigos que suben y bajan como Jesucristo de este cielo inacabado. Por eso es que a veces lamento pedalear de una cuadra a otra perdiéndome todo lo que pueda pasar, y que de hecho pasa, entre este gerontológico urbano. También lamento cuando alguien me lleva a mi casa y se empeña en dejarme al pie, y no es por una falta de confianza o por no ceder a sus intentos de cortesía sino porque me quitan ese pequeño placer que es destinar siete minutos de entre las apretadas veinticuatro horas del día para caminar tranquilo viendo rostros indiferentes.

Y doy gracias a Quiensea porque hasta ahora no he podido corroborar la infame afirmación de mi padre: en Ecuador te encuentras delincuentes de cualquier parte del mundo. Acá no es así, hay cubanos, muchos cubanos hermosos, también gente de la India, Bangladesh, colombianos, gringos (de EEUU y Europa) pero todos barriendo para su vereda. Nadie, o casi nadie, se mete con nadie:

Mi vecino de enfrente es un predicador evangélico-guardián de casa en construcción y se ha metido a la cabeza la idea de evangelizar al barrio entero. Nadie le hace caso.

Otro vecino cultiva skunk peruana y a veces negocia debajo de mi ventana. Y nadie le hace caso.

Mis infra-vecinos (vivo en un segundo piso) son la copia guayaquileña de la familia de Malcolm in the middle. Sus peleas se escuchan varias cuadras a la redonda. Y una vez más: nadie les hace caso.

Otra vecina de enfrente incluso es mi tía, la hermana de mi padre. Y por cuestiones –familiares– que van más allá de mi comprensión tan solo nos saludamos cuando nos topamos en la calle.

Talvez yo que escribo esto sea el único que les hace caso. Ojalá no me lean. Ojalá muy poca gente lea este intento inefable de describir el Paraíso.

Y sigo. Hace un par de días (escribo esto desde una vieja computadora en casa de mis padres, el carnaval me desarmó tecnológicamente) en uno de esos recorridos diarios de siete minutos de duración iba yo muy intranquilamente subiendo por la calle 28 de mayo y un poco antes de llegar a una esquina vi algo en el suelo. Ese algo era grande, oscuro y sobretodo no era algo, era alguien. Serían cerca de las siete de la noche, yo llegaba de la universidad e iba maldiciendo al calor. El alguien botado cerca de la esquina era una mujer vestida de oficinista, yacía inconsciente en el suelo, justo detrás de un auto. La calle 28 de mayo no es muy concurrida, las únicas personas que por allí cruzan se dirigen a una empresa de servicio de internet (que para esa hora ya había cerrado), a un taller automotriz y a las pocas casas que hay por allí. Así que nadie, y espero que nadie, había visto a Alguien yaciendo en el suelo.

Con mi poca experiencia de primeros auxilios y rescates en situaciones extremas, comprobé rápidamente que Alguien tenía signos vitales, es decir, respiraba. No había vómito ni señas de nada que obstruyera las vías respiratorias. Tampoco golpes visibles ni reacción ante el movimiento. Así que coloqué a Alguien de lado, apoyando su cabeza sobre su propio brazo. No quería permanecer mucho tiempo en ese lugar, mi desconfianza me ganaba. Estaba listo para irme cuando vi llegar a un hombre con una funda de pan. Rápidamente le expliqué lo que había visto y hecho, y le dije que se quede mientras yo iba corriendo hacia el PAI en busca de ayuda (sí, uno a veces tiene fe en la policía). No esperé a que el hombre del pan me respondiera y empecé a correr.

Gracias a los exámenes no llevaba nada de peso en la mochila y en menos de un minuto estuve en el PAI, ubicado en la entrada principal del Paraíso, a una cuadra de la Carlos Julio. Mientras recuperaba el aliento iba soltando palabras. Creo que no me entendieron. No me molestó porque a mí casi nunca nadie me entiende o me escucha pero me tranquilicé cuando un hombre de bigote salió del PAI, se subió a una moto y me gritó: ¡Vamos!

El hombre de bigote en realidad es un hombre de bigote cubano. Pertenece a la asamblea del barrio y siempre está junto a los dos policías del PAI colaborando (o quién sabe, ahora pienso que organizándolos). Enseguida estuvimos nuevamente al lado de Alguien y el hombre del pan nos miró aliviado. Luego llegó uno de los policías. Una vez más expliqué lo que había pasado, o lo que suponía había pasado, mientras el cubano de bigote sostenía a Alguien, que poco a poco iba reaccionando favorablemente.

Finalmente Alguien estuvo consciente, pudo sentarse y comprender en dónde estaba y por qué. Y alguien también la reconoció. Lamento mucho no recordar su nombre aunque talvez sea mejor así, Alguien no era alguien cualquiera y pienso que su historia no merece el mismo tratamiento que Holguín querría para su tabloide (aunque no es suyo y ya se retiró pero ustedes entienden la idea). Uno de los policías llevó a Alguien hasta su casa. El cubano también la conocía. Menos yo. Yo no conozco a muchos de esta ciudadela, aunque tenga más experiencias para contar que muchos de ellos. A la final, el chisme nunca ha sido mi especialidad.

Y así fue cómo siete minutos inocentes se transformaron en poco más de media hora de desasosiego. Luego llegué a mi casa, me duché y cualquier cosa que me pudo haber molestado la conciencia en ese momento la olvidé con el internet. Pero nunca dejaré de recordar a Alguien en el suelo, abandonada (¿olvidada?) por sus vecinos, así como tampoco olvidaré al hombre cubano de decisiones rápidas. No me siento ningún héroe, tal vez porque no alcancé a recibir gracias de nadie, me fui antes de que empiece el parloteo. Cuando el policía llevó a Alguien en su moto hasta su casa, y pude ver en sus ojos que todo estaba bien, volví a empezar donde todo se había paralizado: caminé de vuelta a mi casa, intranquilamente.

A veces visualizo a mi barrio como un hotel. O una sala de velaciones. O un cementerio donde los niños van a jugar. Lo que importa son las visitas. No importa el estado del colchón ni la iluminación ni el agua que sale de tal o cual tumba. Los que crean la historia son aquellos quienes asaltan este Paraíso inmóvil y lo llenan de sus historias únicas e irrepetibles. Así es éste, mi Paraíso-infierno. Como esas películas de suspenso en donde nunca ves al monstruo, pero está ahí, tú sabes que está ahí. Y es ese monstruo que al llegar crea los discursos más hermosos e inolvidables. Como el joven que entra por la ventana de la chica que ama, o los vecinos que conversan divertidamente apoyados en la baranda de su propio balcón. Cada noche una aventura diferente; siempre la misma vía. Yo también tengo mis historias de ventanas.

(*) Publicado en Gkillcity, portal de periodismo alternativo, el 23 de febrero de 2012.

22.1.12

Con los ojos cerrados*

Esto no es una crónica, aunque sí pretende serlo; se trata más bien de una miscelánea de hechos y pensamientos que recorren el barrio que habito. Porque al fin y al cabo es un barrio a pesar de que lo adornen con un Ciudadela El Paraíso. Así que permítanme (el imperativo es vano, lo admito) empezar esto con un poema de Roberto Bolaño:

NUEVAS URBANIZACIONES. PESADILLA
Ciudades nuevas con parques y juegos infantiles y Grandes Supermercados…
En zonas abiertas, en viejos pantanos, en haciendas abandonadas…
Con guarderías y farmacias y tiendas
y pequeños restaurantes…
Y muchachas de 15 años caminando con los ojos cerrados…
Alguien responde por todo esto,
debe haber un vigilante en alguna parte, un panel de mandos…
Muchachas y muchachos conversando en las azoteas…
Voces delgadas que llegan en sordina…
Como escuchar a alguien que habla en la carretera
sin salir de su vehículo…
Un poco adormilado tal vez…
Y es demasiado tarde para salir indemne
de la pesadilla...

Voy para los cinco años de vivir esta pesadilla, de habitarla más bien. Guayaquil es una impresión difícil, pierde su gracia cada cierto tiempo. Hasta antes de mudarme acá nunca había tenido una experiencia de barrio, en Quito viví al pie de una avenida inmensa cerca del colegio San Gabriel, en Playas el barrio eran hectáreas de terreno baldío y el mar siempre de patio trasero, en Portoviejo habité la bajada del San Pablo, el barrio “heavy”, la favela manabita por excelencia, y como bajada, lo viví todo atenuado, con la vista a la avenida Universitaria y el desfile de personas.

Cuando me convocaron para formar parte de este equipo de cronistas guayacos (o que escriben sobre y desde Guayaquil) me dijeron, no recuerdo si en estas palabras, que debía (d)escribir mi “zona”, my Hood, mi porción de la Pesadilla.

En ese momento me dio mucha vergüenza reconocer que en El Paraíso no pasa nunca nada. Que no tenía nada interesante para contar, porque, al fin y al cabo, lo que todos buscan es la visión de Guayaquil que mejor se ajuste a los barrios más difíciles de Río o Los Ángeles, por poner dos ejemplos disímiles pero igual de complicados en violencia. A pesar de que debíamos militar en contra de esa satanización/vanagloria que se hace de los barrios en los medios tradicionales, lo que genera polémica y por consecuencia “vende” y “pega” es la pornomiseria (el escándalo, el espectáculo de lo cutre) pero en este desdichado barrio no pasa nada. Claro que hay un dealer a dos casas de la mía que le vende skunk a futbolistas famosillos y a la crema y nata de una universidad cercana, hay indigentes olvidados que suben la loma todo el día, hay inmigrantes que se comen la camisa por las causas más diversas, sin embargo, me sostengo en que no sucede nada, y lo explicaré.

En “La novela murió”, el libro de crónicas de Rubem Fonseca, el autor comenta el origen del término “zona”. En un barrio llamado Zona do Mangue se ubicaban los prostíbulos comunes, cerca de la Plaza Once, donde surgió la samba. “Zona” pasó a significar lugar de prostitución, cuando se quería comentar que una mujer se había prostituido, se decía que era “una mujer de la zona”. Todo esto que explica Fonseca es en el cruce entre los siglos diecinueve y veinte.

Podría asegurarse que en Ecuador la denominación de “zona” para nombrar a un barrio con características particulares comparte orígenes con su contraparte brasileña. Es por esto que considero a mi zona como “zanahoria”, donde no sucede nada de lo que se esperaría de una ciudad que se respete por grandes mafias del narcotráfico o la trata de blancas.

Aun así, en este barrio sucede mucho. Pienso que es lo más cercano que podría estar de un barrio autónomo, en el sentido en que se le daba desde el autonomismo sesentero. Acá se llevan a cabo periódicamente asambleas horizontales para la toma de decisiones. Claro que también participan los dos chapas que ocupan el PAI ubicado a una cuadra de la Carlos Julio, pero no tienen mayor relevancia para decidir algo. Del seno de estas asambleas salió la idea de cerrar todas las salidas del barrio exceptuando la entrada principal, calle Ciruelos. Así que hay una entrada y una salida, todos los carros pasan al pie del PAI y de la capilla de la ciudadela, también de la farmacia y la vulcanizadora. A veces se deja abierta la salida de la calle Veintiocho de mayo durante el día.

La escritura de este texto ha venido cocinándose por más de dos semanas, no por una cuestión de procrastinación sino más bien por atender asuntos más banales como arreglar la casa e ir a clases. Ahora escribo esto durante una madrugada. No hay ruidos exteriores, todo se ha calmado. Hace menos de media hora había una fiesta justo debajo de mi departamento. El barrio no se caracteriza por el exceso de bulla pero para mala suerte mía, y de mi hermana, fuimos a parar arriba de la familia más escandalosa de Guayaquil. Es como tener a la familia de Malcolm in the middle, claro que sin Malcolm; es insoportable algunas veces. Por ahora la fiesta se ha calmado, o los invitados ya se han ido; recuerdo haber escuchado algo asi como “¡vámonos a un chongo!”, supongo que el que lo dijo trataba de sonar chistoso ante medio barrio dormido pero sinceramente deseo que haya ido y siento envidia de no estar ahí con él.

Siempre he visto a El Paraíso como la ciudadela de los skaters y los jubilados. También hay cubanos y colombianos, y cubanos, muchos cubanos. ¿Dije ya que habían cubanos? Los hay por montones, son buena onda, no se meten con nadie, son gente bella y de paso emprendedores. Al pie de la Carlos Julio (la avenida Carlos Julio Arosemena, por si acaso), sin dejar de ser parte de El Paraíso, coexisten dos restaurantes propiedad de cubanos; sin embargo, los almuerzos consisten en comida ecuatoriana por lo general. También hay un chifa cerca pero está sobrevalorado, como todos los chinos en el país. Como decía, estos dos restaurantes coexisten tranquilamente, reciben decenas de clientes todos los días, sobretodo obreros de la zona y estudiantes. Esta mañana fui a comer a uno de ellos, no diré cuál porque pienso que uno es mejor que el otro y no quiero formar juicios. Disfruto un poco menos su comida que la vista de una cubanita que me tiene encantado desde hace meses. Lo que pasa es que es como un fantasma, aparte de que es muy blanca, casi nunca se la ve, creo que solo la he visto unas tres veces y ha hecho más ameno el almuerzo, sin duda. Pero se me escapaba la idea, el barrio le pertenece a los skaters y a los jubilados. Incluso un primo mío que vive en Urdesa viene con amigos de él a patinar por estos lados. Ahora que está de moda entre los jovencitos el longboard y el correspondiente downhill supongo que el barrio ha adquirido un nuevo encanto; de hecho, yo suelo bajar la loma en bicicleta casi todos los días y es una sensación que no podría aburrir ni cansar nunca. Los viejos también hacen de las suyas, no se crean, se reúnen en la panadería de Chirimoyas y Almendros (sí, todas las calles tienen nombres de árboles frutales) para recordar viejos buenos tiempos con una cañita, un cigarrillo… ¡Bah! Con varias cañas y varias cajetillas, no hay otra manera.

Ésta es noche de viernes, pasando a sábado, y los escuadrones del apocalipsis acaban de pasar. Hablo del camión recolector de Puerto Limpio. Definitivamente, cuando llegue el juicio final nos vendrán a recoger con una musiquilla similar, si no la misma. Olvidaba otro asunto importante, acá los vecinos nunca dependimos de Puerto Limpio, ni de Vachagnon en su momento, para sacar la basura a tiempo y en los lugares adecuados; producto de las asambleas se determinaron los horarios y los sitios para depositar la basura. Por eso creo que se mantiene una imagen de limpieza generalizada, menos por los perros. No por los perros, sino por sus cagadas. Tal parece que a la gente le parece lo más normal del mundo dejar el excremento de su perro adornar las aceras, nadie recoge nada. Supongo que algún rato presentaré mi queja ante la reunión de vecinos. Algún rato.

El barrio, sin embargo, no es ninguna maravilla, no hay mucha convivencia y cada uno vela por sus intereses, por lo general, no siempre, ojo. Se trata de una ciudadela casi homogénea, controlada invisiblemente hasta cierto punto. Uno puede recorrer todas sus calles sin toparse con otra persona a pie.

De alguna manera, los muchachos caminan con los ojos cerrados. Como bien dice Bolaño, alguien responde por todo esto: la ciudad es un panóptico, lo mismo que el barrio en menor escala. Hay un poder invisible, o no tanto, que regula a través de la disciplina. En un barrio que lo tiene casi todo, las voces llegan delgadas. Es ya un poco tarde para despertar de la pesadilla. Y no trato de metaforizar, es real, la normatividad es real, la convivencia precaria está aquí, el chisme se ha instaurado como bandera y los perros hacen de las suyas bajo la aprobación de sus amos. Los gritos están tolerados. Hemos entrado a un proceso masivo de Folie á deux (á trois, etc. Incluyendo a todos quienes habitamos esta elevación).

Esto no es una crónica. Solo quería poner los puntos sobre las íes, establecer las pautas para el negocio. Ya tendrán a su dealer, ya conocerán la odisea de los chicos que esperan a las del Veintiocho de mayo mientras guardan armas blancas en sus mochilas, ya le hablaré del argentino exiliado que se me acercó una noche en la que llegaba a casa con mi bici y me contó que también practicaba ciclismo y que hacíamos parte de la misma agrupación sin habernos visto antes, también hay que hablar del Cerro Colorado y sus infinitos incendios, son muchas personas y acciones que no pueden quedar en el silencio, aun cuando estos micro-sistemas de relaciones no parezcan ser relevantes son importantes para entender el nivel macro que es Guayaquil.

Así es mi zona-zanahoria, donde los sucesos se dan para sus adentros y no interesan más allá de sus límites de acero y bosque. Volverán a leerla, de alguna u otra forma.

(*) Publicado en Gkillcity, portal de periodismo alternativo, el 22 de enero de 2012.

30.12.11

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En un mundo de ruinas grasientas, lo único sensatamente posible de hacer es pedalear sobre ellas.